Spanish Poems





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Poemas en Inglés es un blog que pretende acercar poemas de lengua inglesa al castellano
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"Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas son perfectas"

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-La palabra mágica-

"Es imposible traducir la poesía. ¿Acaso se puede traducir la música?"

Voltaire

"Translating poetry is like making jewelry. Every word counts, and each sparkles with so many facets. Translating prose is like sculpting: get the shape and the lines right, then polish the seams later."

James Nolan

"La traducción destroza el espí­ritu del idioma"

Federico García Lorca
Antonio Machado -La tierra de Alvargonzález- La casa-
miércoles, 10 de agosto de 2005
La tierra de Alvargonzález

La casa

I
La casa de Alvargonzález
era una casona vieja,
con cuatro estrechas ventanas,
separada de la aldea
cien pasos y entre dos olmos
que, gigantes centinelas,
sombra le dan en verano,
y en el otoño hojas secas.
Es casa de labradores,
gente aunque rica plebeya,
donde el hogar humeante
con sus escaños de piedra
se ve sin entrar, si tiene
abierta al campo la puerta.
Al arrimo del rescoldo
del hogar borbollonean
dos pucherillos de barro,
que a dos familias sustentan.
A diestra mano, la cuadra
y el corral; a la siniestra,
huerto y abejar, y, al fondo,
una gastada escalera,
que va a las habitaciones
partidas en dos viviendas.
Los Alvargonzález moran
con sus mujeres en ellas.
A ambas parejas que hubieron,
sin que lograrse pudieran,
dos hijos, sobrado espacio
les da la casa paterna.
En una estancia que tiene
luz al huerto, hay una mesa
con gruesa tabla de roble,
dos sillones de vaqueta,
colgado en el muro, un negro
ábaco de enormes cuentas,
y unas espuelas mohosas
sobre un arcón de madera.
Era una estancia olvidada
donde hoy Miguel se aposenta.
Y era allí donde los padres
veían en primavera
el huerto en flor, y en el cielo
de mayo, azul, la cigüeña
—cuando las rosas se abren
y los zarzales blanquean—
que enseñaba a sus hijuelos
a usar de las alas lentas.
Y en las noches del verano,
cuando la calor desvela,
desde la ventana al dulce
ruiseñor cantar oyeran.
Fue allí donde Alvargonzález,
del orgullo de su huerta
y del amor a los suyos,
sacó sueños de grandeza.
Cuando en brazos de la madre
vio la figura risueña
del primer hijo, bruñida
de rubio sol la cabeza,
del niño que levantaba
las codiciosas, pequeñas
manos a las rojas guindas
y a las moradas ciruelas,
o aquella tarde de otoño,
dorada, plácida y buena,
él pensó que ser podría
feliz el hombre en la tierra.
Hoy canta el pueblo una copla
que va de aldea en aldea:
«¡Oh casa de Alvargonzález,
qué malos días te esperan;
casa de los asesinos,
que nadie llame a tu puerta!»

II
Es una tarde de otoño.
En la alameda dorada
no quedan ya ruiseñores;
enmudeció la cigarra.
Las últimas golondrinas,
que no emprendieron la marcha,
morirán, y las cigüeñas
de sus nidos de retamas,
en torres y campanarios,
huyeron.
Sobre la casa
de Alvargonzález, los olmos
sus hojas que el viento arranca
van dejando. Todavía
las tres redondas acacias,
en el atrio de la iglesia,
conservan verdes sus ramas,
y las castañas de Indias
a intervalos se desgajan
cubiertas de sus erizos;
tiene el rosal rosas grana
otra vez, y en las praderas
brilla la alegre otoñada.
En laderas y en alcores,
en ribazos y en cañadas,
el verde nuevo y la hierba,
aún del estío quemada,
alternan; los serrijones
pelados, las lomas calvas,
se coronan de plomizas
nubes apelotonadas;
y bajo el pinar gigante,
entre las marchitas zarzas
y amarillentos helechos,
corren las crecidas aguas
a engrosar el padre río
por canchales y barrancas.
Abunda en la tierra un gris
de plomo y azul de plata,
con manchas de roja herrumbre,
todo envuelto en luz violada.
¡Oh tierras de Alvargonzález,
en el corazón de España,
tierras pobres, tierras tristes,
tan tristes que tienen alma!
Páramo que cruza el lobo
aullando a la luna clara
de bosque a bosque, baldíos
llenos de peñas rodadas,
donde roída de buitres
brilla una osamenta blanca;
pobres campos solitarios
sin caminos ni posadas,
¡oh pobres campos malditos,
pobres campos de mi patria!


The land of Alvargonzález

The house

1
The house of Alvargonzález
is an old humble mansion
with four narrow windows,
a hundred yards from the village
set between two elm trees,
two giant sentinels
who furnish shade in summer
and in autumn dry leaves.
It is a house of farmers,
people rich but peasants
where the smoking fireplace
with its seats made of stone
is easily seen from the outside,
the door open to the fields.
Set amid the embers
on the fireplace are bubbling
two stewpots of clay
for nourishing the two families.
On the right the yard
and the corral; on the left
the orchard and beehives.
In the back a worn staircase
leading up to the rooms
divided in sleeping quarters.
The Alvargonzáles live
in them with their women.
Neither of these couples
have brought sons into the world
and so the paternal house
bequeaths them ample space.
In one room with a view
on the light over the orchard,
a table with thick oak boards,
and two chairs of cowhide.
Hanging from the wall
a black abacus with great beads
and some old rusty spurs
lying on a wooden chest.
There is a forgotten room
where now Miguel is living.
It was there where his parents
saw the orchard in spring
buzzing with flowers, a sky
in blue May with a stork
(when roses spring open
and brambles turn white)
instructing its fledglings
to use their slow wings to fly.
And on a summer night
when heat won't permit sleep,
from the open window they hear
the invisible nightingale singing.
There Alvargonzález
with pride in his orchards
and love for his new family
had dreams of grandeur.
He saw the laughing figure
of his first son in the arms
of his mother, the face
radiant under yellow sun,
and then the boy's small greedy
hands reached for the red
mazzard berries and the cherries.
That autumn evening
was gold, placid and good,
and he thought it possible
to live happy on the earth.
Now the people sing verses
drifting from village to village,
“House of Alvargonzález,
bad days are waiting for you.
House of the murderers,
Let no one call at your door.”

2
It is an autumn afternoon.
In the golden poplar grove
there are no more nightingales;
the cicada is numb.
The last few swallows
who have not begun to migrate
will die, and the storks
from their nest of broom twigs
on bell towers and spires
have fled.
On the farmhouse roof
the wind has left a scattering
of elm leaves torn from the branches.
Yet three round acacias
in the courtyard of the church
still have green leafage.
The horse chestnuts, protected
in their husks, one by one
break loose, drop on the ground.
The rose tree again is dropping
seed, and the wide meadows
glitter in the season's rays.
On hillsides and hollows,
on banks and on clearings,
bits of new green and grass
that summer hasn't scorched
flap about. Barren summits
and bald knolls and bluffs
wear the crown of sinking
metallic globes of clouds.
On the floor of pine forests,
between withered brambles
and the yellowish bracken
small swollen streams race
to fatten the master river
swirling over rocks and ravines.
The plowed earth is colored
with lead and silver blue,
with stains of red iron rust
enveloped in violet light.
O fields of Alvargonzález
tracing the heart of Spain,
poor lands, sorrowful lands,
so sad they have a soul!
Wasteland. The wolf crosses,
howling under the bright moon,
as it goes from wood to wood,
circled by scrubland and gnawed cliffs
where the vultures pick clean
remnants of shiny white bones.
The poor solitary fields
have no highway nor inns,
O poor doomed fields,
the poor fields of my country!

Translated by Willis Barnstone

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posted by Bishop @ 10:40  
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