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Federico García Lorca
Federico García Lorca -Oda a Salvador Dalí-
viernes, 16 de septiembre de 2005
Oda a Salvador Dalí

Una rosa en el alto jardín que tu deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
Desnuda la montaña de niebla impresionista.
Los grises oteando sus balaustradas últimas.

Los pintores modernos, en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.
En las aguas del Sena un iceberg de mármol
enfría las ventanas y disipa las yedras.

El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.
Los cristales esquivan la magia del reflejo.
El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.
La máquina eterniza sus compases binarios.

Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos
yerra por los tejados de las casas antiguas.
El aire pulimenta su prisma sobre el mar
y el horizonte sube como un gran acueducto.

Marineros que ignoran el vino y la penumbra
decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene
el espejo redondo de la luna en su mano.

Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venus es una blanca naturaleza muerta
y los coleccionistas de mariposas huyen.


Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,
eleva escalinatas y oculta caracolas.
Las flautas de madera pacifican el aire.
Un viejo dios silvestre da frutas a los niños.

Sus pescadores duermen, sin ensueño, en la arena.
En alta mar les sirve de brújula una rosa.
El horizonte virgen de pañuelos heridos
junta los grandes vidrios del pez y de la luna.

Una dura corona de blancos bergantines
ciñe frentes amargas y cabellos de arena.
Las sirenas convencen, pero no sugestionan,
y salen si mostramos un vaso de agua dulce.


¡Oh Salvador Dalí, de voz aceitunada!
No elogio tu imperfecto pincel adolescente
ni tu color que ronda la color de tu tiempo,
pero alabo tus ansias de eterno limitado.

Alma higiénica, vives sobre mármoles nuevos.
Huyes la oscura selva de formas increíbles.
Tu fantasía llega donde llegan tus manos,
y gozas el soneto del mar en tu ventana.

El mundo tiene sordas penumbras y desorden,
en los primeros términos que el humano frecuenta.
Pero ya las estrellas ocultando paisajes,
señalan el esquema perfecto de sus órbitas.

La corriente del tiempo se remansa y ordena
en las formas numéricas de un siglo y otro siglo.
Y la Muerte vencida se refugia temblando
en el círculo estrecho del minuto presente.

Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,
pides la luz que anima la copa del olivo.
Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,
donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Pides la luz antigua que se queda en la frente,
sin bajar a la boca ni al corazón del hombre.
Luz que temen las vides entrañables de Baco
y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.

Haces bien en poner banderines de aviso,
en el límite oscuro que relumbra de noche.
Como pintor no quieres que te ablande la forma
el algodón cambiante de una nube imprevista.

El pez en la pecera y el pájaro en la jaula.
No quieres inventarlos en el mar o en el viento.
Estilizas o copias después de haber mirado
con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.

Amas una materia definida y exacta
donde el hongo no pueda poner su campamento.
Amas la arquitectura que construye en lo ausente
y admites la bandera como una simple broma.

Dice el compás de acero su corto verso elástico.
Desconocidas islas desmienten ya la esfera.
Dice la línea recta su vertical esfuerzo
y los sabios cristales cantan sus geometrías.


Pero también la rosa del jardín donde vives.
¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!
Tranquila y concentrada como una estatua ciega,
ignorante de esfuerzos soterrados que causa.

Rosa pura que limpia de artificios y croquis
y nos abre las alas tenues de la sonrisa.
(Mariposa clavada que medita su vuelo.)
Rosa del equilibrio sin dolores buscados.
¡Siempre la rosa!


¡Oh Salvador Dalí de voz aceitunada!
Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
pero canto la firme dirección de tus flechas.

Canto tu bello esfuerzo de luces catalanas,
tu amor a lo que tiene explicación posible.
Canto tu corazón astronómico y tierno,
de baraja francesa y sin ninguna herida.

Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua
el miedo a la emoción que te aguarda en la calle.
Canto la sirenita de la mar que te canta
montada en bicicleta de corales y conchas.

Pero ante todo canto un común pensamiento
que nos une en las horas oscuras y doradas.
No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

Es primero que el cuadro que paciente dibujas
el seno de Teresa, la de cutis insomne,
el apretado bucle de Matilde la ingrata,
nuestra amistad pintada como un juego de oca.

Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro
rayen el corazón de Cataluña eterna.
Estrellas como puños sin halcón te relumbren,
mientras que tu pintura y tu vida florecen.

No mires la clepsidra con alas membranosas,
ni la dura guadaña de las alegorías.
Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire,
frente a la mar poblada con barcos y marinos.


Ode to Salvador Dali

A rose in the high garden you desire.
A wheel in the pure syntax of steel.
The mountain stripped bare of Impressionist fog,
The grays watching over the last balustrades.

The modern painters in their white ateliers
clip the square root's sterilized flower.
In the waters of the Seine a marble iceberg
chills the windows and scatters the ivy.

Man treads firmly on the cobbled streets.
Crystals hide from the magic of reflections.
The Government has closed the perfume stores.
The machine perpetuates its binary beat.

An absence of forests and screens and brows
roams across the roofs of the old houses.
The air polishes its prism on the sea
and the horizon rises like a great aqueduct.

Soldiers who know no wine and no penumbra
behead the sirens on the seas of lead.
Night, black statue of prudence, holds
the moon's round mirror in her hand.

A desire for forms and limits overwhelms us.
Here comes the man who sees with a yellow ruler.
Venus is a white still life
and the butterfly collectors run away.


Cadaqués, at the fulcrum of water and hill,
lifts flights of stairs and hides seashells.
Wooden flutes pacify the air.
An ancient woodland god gives the children fruit.

Her fishermen sleep dreamless on the sand.
On the high sea a rose is their compass.
The horizon, virgin of wounded handkerchiefs,
links the great crystals of fish and moon.

A hard diadem of white brigantines
encircles bitter foreheads and hair of sand.
The sirens convince, but they don't beguile,
and they come if we show a glass of fresh water.


Oh Salvador Dali, of the olive-colored voice!
I do not praise your halting adolescent brush
or your pigments that flirt with the pigment of your times,
but I laud your longing for eternity with limits.

Sanitary soul, you live upon new marble.
You run from the dark jungle of improbable forms.
Your fancy reaches only as far as your hands,
and you enjoy the sonnet of the sea in your window.

The world is dull penumbra and disorder
in the foreground where man is found.
But now the stars, concealing landscapes,
reveal the perfect schema of their courses.

The current of time pools and gains order
in the numbered forms of century after century.
And conquered Death takes refuge trembling
in the tight circle of the present instant.

When you take up your palette, a bullet hole in its wing,
you call on the light that brings the olive tree to life.
The broad light of Minerva, builder of scaffolds,
where there is no room for dream or its hazy flower.

You call on the old light that stays on the brow,
not descending to the mouth or the heart of man.
A light feared by the loving vines of Bacchus
and the chaotic force of curving water.

You do well when you post warning flags
along the dark limit that shines in the night.
As a painter, you refuse to have your forms softened
by the shifting cotton of an unexpected cloud.

The fish in the fishbowl and the bird in the cage.
You refuse to invent them in the sea or the air.
You stylize or copy once you have seen
their small, agile bodies with your honest eyes.

You love a matter definite and exact,
where the toadstool cannot pitch its camp.
You love the architecture that builds on the absent
and admit the flag simply as a joke.

The steel compass tells its short, elastic verse.
Unknown clouds rise to deny the sphere exists.
The straight line tells of its upward struggle
and the learned crystals sing their geometries.


But also the rose of the garden where you live.
Always the rose, always, our north and south!
Calm and ingathered like an eyeless statue,
not knowing the buried struggle it provokes.

Pure rose, clean of artifice and rough sketches,
opening for us the slender wings of the smile.
(Pinned butterfly that ponders its flight.)
Rose of balance, with no self-inflicted pains.
Always the rose!


Oh Salvador Dali, of the olive-colored voice!
I speak of what your person and your paintings tell me.
I do not praise your halting adolescent brush,
but I sing the steady aim of your arrows.

I sing your fair struggle of Catalan lights,
your love of what might be made clear.
I sing your astronomical and tender heart,
a never-wounded deck of French cards.

I sing your restless longing for the statue,
your fear of the feelings that await you in the street.
I sing the small sea siren who sings to you,
riding her bicycle of corals and conches.

But above all I sing a common thought
that joins us in the dark and golden hours.
The light that blinds our eyes is not art.
Rather it is love, friendship, crossed swords.

Not the picture you patiently trace,
but the breast of Theresa, she of sleepless skin,
the tight-wound curls of Mathilde the ungrateful,
our friendship, painted bright as a game board.

May fingerprints of blood on gold
streak the heart of eternal Catalunya.
May stars like falconless fists shine on you,
while your painting and your life break into flower.

Don't watch the water clock with its membraned wings
or the hard scythe of the allegory.
Always in the air, dress and undress your brush
before the sea peopled with sailors and ships.

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posted by Bishop @ 12:20  
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