sábado, 4 de diciembre de 2004

Olga Orozco -Miss Havisham-

Miss Havisham

Aquí yace Miss Havisham, lujosa vanidad del desencanto.
Un día se vistió para la dicha con su traje de muerte,
sin saberlo.
Era la hora exacta en que alcanzaba la música de un sueño
cuando alguien cortó con un duro golpe las cuerdas mentirosas del amor,
y quedó desasiada, cayendo hacia lo oscuro como una nube rota.
Todo fue clausurado.
No invadir el recinto donde una novia hueca recogió para el odio los escarchados trozos de su corazón.
Quien entró fue elegido para expiar ciegamente todo el llanto.
No levantar los sellos.
Las manos de la luz habrían dispersado los flotantes ropajes,
los manteles roídos por tenaces dinastías de insectos,
las aguas del espejo enturbiadas aún después de la caída de la última imagen,
los lugares desiertos donde los comensales serían calmos deudos alrededor de una desenterrada,
de una novia marchita fosforeciendo aún en venganza y desprecio.
Ahora ya está muerta.
Pasad.
Ésa es la escena que los años guardaron en orgulloso polvo de paciencia,
es la suntuosa urdidumbre donde cayó como una colgadura envuelta por las llamas de su muerte.
Fue una espléndida hoguera.
Sí. Nada hace mejor fuego que la vana aridez,
que ese lóbrego infierno en que está ardiendo por una eternidad,
hasta que llegue Pip y escriba debajo de su nombre: “la perdono”


Miss Havisham

Here lies Miss Havisham,
disappointment’s lavish vanity.
One day she dressed for happiness with her gown of death,
not knowing.
In the precise hour for reaching the music of a dream
violently someone cut the lying strings of love
and she came undone, falling toward darkness like a broken cloud.
Everything was sealed up.
Access forbidden to the space where a hollow bride gathered in the
name of hate the frozen remains of her heart.
He who entered was chosen for the blind expiation of all weeping.
It was forbidden to lift the seals.
The hands of light would have dispersed the elegant floating apparel,
the table lace eaten away by insects’ tenacious dynasties,
the waters of the mirror still undisturbed after the last image had
fallen,
the deserted places where dinner guests would be the impassive kin
gathered around the disinterred,
around the shriveled bride still glowing in vengeance and in scorn.
Now at last she is dead.
Enter please.
That is the scene the years have held in the proud dust of patience,
the sumptuous warp where she fell like a tapestry wrapped in the
flames of her death.
It was a splendid blaze.
Yes. No better fire than vain aridity,
that murky hell where she eternally will burn,
as Pip arrives and writes beneath her name: “she is forgiven.”

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